
¿Quiénes recuerdan?
El 1 de abril se cumplieron 25 años de un momento que, en su momento, muchos vieron como el final de una historia… pero que en realidad fue el inicio de otra.
La lancha La Paquereña, después de muchos años de servicio, había llegado al final de su vida útil. Durante años navegó, trabajó y fue parte de la comunidad. Pero en lugar de quedar abandonada o convertirse en chatarra, se tomó una decisión diferente.
La Asociación de Desarrollo Integral de Paquera (ADIP) la donó con un propósito claro: convertirla en un arrecife artificial.
Ese día, periodistas, curiosos y miembros de la comunidad estuvieron presentes. Entre ellos, Franklin Castro Ramírez, quien incluso subió a bordo pocos minutos antes del hundimiento. Nadie sabía exactamente qué iba a pasar después… pero sí sabían que estaban participando en algo distinto.
La lancha fue preparada, llevada al sitio elegido frente a Playa Camarón y finalmente hundida.
Y luego… el mar hizo lo suyo.
Con el paso del tiempo, lo que antes era una embarcación vacía comenzó a transformarse. Primero llegaron pequeños organismos. Luego peces. Después más vida. Poco a poco, la estructura se convirtió en refugio, en punto de encuentro, en hogar.
Lo que antes era solo metal, se integró al océano.
Este tipo de iniciativas no son casualidad. Costa Rica reconoce, incluso a nivel legal, que los arrecifes artificiales generan nuevos espacios para la vida marina y ayudan a reducir la presión sobre los arrecifes naturales, ofreciendo sitios alternativos para el buceo y la pesca.
Y eso es exactamente lo que pasó con La Paquereña.
Un barco que ya no servía en superficie, encontró un nuevo propósito bajo el agua.
Hoy, 25 años después, su historia sigue viva. No como una embarcación, sino como parte del ecosistema marino.
Historia basada en una publicación de Facebook de Mi Península Noticias.
Porque a veces, hundir algo… es la mejor forma de darle una segunda vida.

